
-¡Ah, otro día soleado! ¡Y hoy más rico que ayer, jajaja! –el mercader contemplaba extasiado las magníficas vistas de su palacete.
Voy a ver cómo están mis tesoros vivientes, se dijo para sí.
Mientras se encaminaba al recinto donde las guardaba, se tropezó con uno de sus siervos, un pequeño monstruo, calvo y enjuto.
-¡Mira por dónde vas! ¡Ésta es una de mis túnicas preferidas! –y se miró por todos los extremos, hasta comprobar que seguía impoluta.
El goblin emitió un leve gemido y salió corriendo.
-¡Bah, sólo sirven para trabajar! –y reanudó el trayecto.
Mendoza era un mercader de gran prestigio, descendiente de una familia acaudalada de Kraleb. Sus dotes negociadoras eran de sobra conocidas por aquellos contornos, así como su fuerte carácter; que, con el devenir de los años, y el aumento de sus posesiones, se estaba fortaleciendo, aunque no siempre para bien.
Casi no salía de su palacete, declinaba las invitaciones a algunos torneos y dedicaba largas horas de su tiempo a recorrer visualmente todo cuanto poseía. Nadie sabía realmente cuántas arcas de oro guardaba en aquel magnífico emplazamiento.
-Mirad, allí está el palacete –dijo Lovcranus.
-Mendoza el mercader y su magnificencia –ironizó Jake.
-Quizá no debiera tener el control absoluto de dicho mercado –opinó Nebur.
-Si lo tiene, es porque se le permite –comentó Taoteh.
-¡Tengo hambre! –interrumpió Rhiben.
-Aligerad el paso, habrá que convenir con él una serie de asuntos, y quisiera llegar a Kraleb antes de que caiga la noche.
-¿Y por qué no pedimos alojamiento en el campamento de los Dragones? Tengo entendido que se han apostado a mitad de camino entre el valle del Sur y la fortaleza.
Estaban ensayando unas tácticas.
-No es mala idea, Lovcranus; Hersir nos acogerá de sumo grado –afirmó Nebur.
Y mientras unos y otros conversaban, acabaron por llegar al palacete.
Taoteh contempló la vasta extensión de terreno: un hermoso palacete, y una edificación que debía ser el depósito de las llamadas criaturas. Absorta estaba en todo aquello, que no reparó en la presencia de su dueño, que al verlos, se había apresurado a saludarles.
-¡Qué sorpresa, jaja! ¡Nebur, cuánto tiempo! ¡Lovcranus!
Paseó la vista por los tres restantes. Con desgana, saludó a Jake.
-¿Y estos dos? –dijo, mirando a Rhiben y Taoteh.
Se quedó mirando a la mujer y le preguntó:
-¿Cuánto me darías por un mechón de tus cabellos, pelo azul?
-Mi cabello no está en venta, y mi nombre es Taoteh. Él es Rhiben.
-¡Bien, bien, Taoteh! ¿Os falta material, amigos Aliados? –se cruzó de brazos.
-Permítenos echar un vistazo en el recinto.
-Mirad cuanto gustéis.
-¿Venís, Taoteh y Rhiben?
-¡Sí, sí! –el niño se cogió de la mano de Nebur.
-Yo esperaré aquí –la mujer se sentó en una especie de banco de piedra.
Mendoza no quitaba ojo a la espada que portaba. Terminó por opinar:
-Una espada colosal, extranjera, con una empuñadura de rango. Tu porte, además, es distinguido. ¡Tú eres noble o perteneciente a la realeza!
-La majestad no siempre se infiere de tales colectivos, mercader.
-¡Muy cierto, jaja!
-He observado que, además de unas grandes posesiones, tienes también sirvientes – dijo, mirando a aquellos seres extraños.
-¡Los goblins, sí! Esos asquerosos se están volviendo demasiado holgazanes. Cada día rinden menos.
-Tal vez cada día están más cansados porque cada jornada, tú los explotas más.
El mercader enrojeció de rabia. Fue a contestar pero se detuvo, y se ajustó su túnica roja. Entonces, habló:
-Sí, Taoteh. Estás en lo cierto. Así es. Unos mandamos, y otros obedecen. Mala suerte si estás en el otro bando.
-No lo niego, pero sírvate de aviso la caída de los soberbios que locamente presumen de sí.
Rhiben corría hacia Taoteh y Mendoza.
-¡Qué monstruos más raros tienes, Mendoza!
El hombre sonrió, pero su semblante estaba contraído. Se volvió hacia la mujer:
-Jamás nadie ha osado llevarme la contraria. Y tú, sin embargo, lo has hecho.
-Te equivocas. Sólo he manifestado mi parecer. Pero tú lo has aceptado. Has otorgado, luego debo estar en lo cierto. Permite que te haga una pregunta: si alguien te obsequia con un presente, y no lo aceptas, ¿de quién es el presente?
El niño reía a mandíbula batiente. El mercader se dio cuenta del pequeño detalle de aquella frase y acabo por reírse igualmente.
-¡Muy bien, Taoteh y Rhiben! He de admitirlo, sí. Aunque no comulgamos con las mismas ideas, me habéis caído en gracia –se acercó al niño y le acarició la cabeza.
Jake, que miraba desde lejos, no daba crédito a lo que estaba viendo. Hizo un gesto a sus compañeros, que miraron.
-Mendoza es un tanto excéntrico, pero tiene cierto halo de genialidad –sonrió Nebur, mientras se ajustaba la bolsa.
-Yo sigo pensando que vive demasiado aferrado a tanto bien.
-Es problema suyo el saber llevarlo.
-¿Y bien? –preguntó Mendoza, cuando los Aliados se hallaban próximos a ellos tres.
-Acércate y negociemos. Hemos cogido unas cuantas criaturas.
-Disculpadme, el deber me llama –se recogió la túnica, vadeó un charco, y se alejó.
-¡Vaya tipo, Taoteh! ¡Es inmensamente rico!
-¿Tú crees? ¿De qué sirve atesorar riquezas temporales? Con los ricos no seas complaciente, ni estés de buena gana delante de los poderosos.
Rhiben, al escuchar estas últimas palabras, sonrió, y sus ojos se iluminaron.
-Eso decían mis padres.
-Cuán sabios eran entonces, Rhiben. ? El mundo pasa, y con él sus gozos.
-Gracias, Taoteh. Has hecho que hoy recuerde a mis padres, y sus enseñanzas, y eso no tiene precio –le dijo, y se sentó a su lado, balanceando los pies.
-Procura no olvidarlas, te serán de ayuda ante cualquier situación.
-¿Sabes? Ese mercader no es malo –Rhiben había cogido aprecio a Mendoza.
-Cierto. Mendoza está errado, pero el tiempo lo sacará de su error. Y seremos testigos de ello. Además, en su corazón aún late la bondad que tenía antaño. Tendrá un acceso de bondad contigo antes de irte. Ya te lo dije. Mira, ahí llegan.
-¡Bueno, amigos! ¡Siempre es un placer hacer tratos con vosotros! –y se frotó las manos, satisfecho.
Uno a uno se despidieron de él. Mendoza les vio alejarse por la vereda, y se quedó pensativo.
-¡Rhiben, muchacho! –gritó de repente.
El muchacho se giró y corrió hacia él. El mercader hizo lo mismo.
-¡Lo olvidaba, toma! –y puso en su mano una runa y una bolsa de piel.
-¿Para mí, de verdad? ¿Qué es?
El mercader enrojeció. Por algún extraño motivo, se sentía contento, pero su felicidad no provenía de venta alguna. Estaba confundido. Titubeó:
-Sí, sí. Es un simple detalle. ¿Dije detalle? ¡Vaya, sí que lo hice! Es una criatura, un goblin. Esa runa lo invoca. Pero no es un goblin cualquiera –y rió con estruendo.
Los demás observaban, y la mujer sonreía en silencio.
-¿Qué tiene de especial, Mendoza?
-Verás, Rhiben. Esta criatura es defectuosa, pero su defecto puede mirarse más bien como una ventaja.
-¿Sí? ¿Y en qué consiste?
-Acércate, te hablaré al oído. Será un pequeño secreto de momento. Si algunos lo supieran, ello podría restarme credibilidad –sonreía, parecía otra persona.
El niño obedeció. Escuchó con atención. Luego le miró y se echó a reír.
-Recuérdalo. No podrás decir nada a nadie hasta invocarlo una primera vez. Apresúrate, te esperan. Buen viaje.
El niño se abrazó a sus piernas, ya que Mendoza era muy alto. El mercader se sonrojó de nuevo.
-¡Adiós, y gracias!
El niño corrió hacia sus amigos. Cogió de la mano a Taoteh y guiñó el ojo.
Nebur habló:
-Prosigamos nuestro viaje. Intuyo que Rhiben esta vez, y espero que siente precedente, va a ser discreto.
Mendoza se quedó mirando, hasta que sus siluetas se perdieron en el horizonte. Se giró y gritó:
-¡A trabajar todos, gandules! ¡Id preparando la cena! ¡Oh, demonios, me he manchado la túnica! –y entró en su palacete.